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sábado, 21 de julio de 2007

“El machete samurai que quería Cecilia”

Anécdota relatada por Raúl Buholzer M.

De nuevo estamos en Europa, en junio y en el día más largo del año. ¡Hurra! Estamos escribiendo y recordamos lo que nos pasó en el viaje anterior a Chile, en marzo de este año 2007.

Conversando con los dioses de la razón nos dijeron, vuestros deseos de cambiar las estaciones serán cumplidos. Subid a una gran carroza que no tiene sólo cuatro caballos, sino que en sus alas tiene 4 motores con miles de caballos, la que vuela rauda y majestuosamente, más rápido que un cóndor. Agregaron, este super cóndor sabe como cambiar las estaciones, lo hace en el tiempo de 16 horas, o sea durante toda una noche y su amanecida y en esa maravillosa noche habréis cambiado de Hemisferio, vuestro otoño se habrá transformado en primavera y el odioso invierno en un espléndido verano. La varita mágica que hace posible esto se llama LAN Chile, Iberia, ... ¡Pensar que mi abuelo Alberto Buholzer se fue de Suiza a Chile en un viaje que duró nueve meses, hace ciento veinte años! La razón premia a los optimistas desprendidos entregándoles de regalo una vida más larga y saludable con este cambio; por otro lado castiga a los avaros pesimistas en tener que soportar los inviernos, padecer muchas más enfermedades y por ende una corta vida. ¡“Bienaventurados los que ya no conocen los inviernos”!

Como todos los años en este último viaje del año 2007, resultó fantástico. Al llegar al Aeropuerto de Pudahuel decidimos quedarnos unos días en Santiago. Allí nos esperaba otro montón de caballos para trasladarnos a disfrutar de la brisa marina y de los rayos del sol a la zona de Valparaíso, Viña del Mar y Quilpué.

Tuvimos arduo trabajo reinstalándonos en la ciudad de Quilpué, llamada también “Ciudad Sol” que como ustedes saben, se encuentra también cercana a la costa, en la que se puede gozar de un placentero clima. Las nieblas originadas en la costa se disuelven de Quilpué al interior, transformándose en un riego superficial que produce en esta zona un microclima privilegiado, por lo que puede exportar sus frutos a veintisiete países. Allí es el Edén de las exquisitas chirimoyas.

Para sorpresa nuestra la plantación de los alrededor de 60 ágaves que hacen de antejardín en la casa del sector llamado “El Sol”, se está convirtiendo en una selva impenetrable, donde cada una de estas plantas está tomando casi la altura nuestra y la punta de sus hojas tienen el filo de una aguja. Nosotros peligrábamos de ser pinchados y además se dañaban las pinturas de los autos que pasaban por el camino de entrada a la casa. Sospechamos que luego comenzarán a florecer los ágaves más grandes, por lo que hemos observado en otras partes de la costa. Cuando florecen los ágaves se despliega su flor en la punta de un altísimo tallo. Este insólito tallo luego se transforma en un impresionante tronco que crece pasando holgadamente los 10 metros de altura. Esta increíble altura que llega a tomar su flor es una curiosidad muy especial que asombra a todo el mundo que transita en sus cercanías y este fenomenal proceso de su floración dura alrededor de dos años. Después de este sorprendente período muere la planta, no sin antes haber dado más de un centenar de plantitas a su alrededor durante toda su vida. Esto es tan llamativo y sorprendente que ha dado lugar a un turismo especial de curiosos y estudiosos. Es conocido por estas plantas un lugar ubicado en la costa cerca de 10 kilómetros al Norte de Viña del Mar, donde hay una pequeña formación peninsular, Roca Oceánica, en el que siempre existen algunos ágaves en flor y son objeto de admiración de los turistas. Allí conocimos con Cecilia a un grupo de turistas argentinos que admiraban este magno proceso biológico.

Por otro lado impresionada por esta insólita profusión de los ágaves Cecilia me planteó que ya no le servían las herramientas, ni el cuchillo carnicero que usaba en un principio, ni el serrucho que usaba después. Entonces se acordó que los cubanos usan un machete para cortar la caña de azúcar y me propuso su deseo de querer comprar algo similar. Yo creí que si quería usar machete era solamente una buena broma y sin comentarlo solamente me sonreí.

Un par de días después Cecilia hizo una larga lista de compras y nos fuimos a Viña del Mar. Pasamos a comprar ropa a la tienda “Blanca Nieves”, de la que somos clientes cada verano. Íbamos caminando por las calles del centro y cuando pasábamos frente a la ferretería “La Sierra” ella me dice sorpresivamente, espérame aquí que yo voy a comprar algo en este negocio y me apuntó con un dedo una banca que quedaba en la vereda frente a la entrada de esta ferretería. Yo me quedé mirando el pasar de la gente y por supuesto analizando como había cambiado de un invierno en Alemania a un verano en Chile en un par de semanas, la vestimenta de las alemanas a esta de las viñamarinas. En Dortmund las mujeres jóvenes andaban super abrigadas y en Viña la juventud femenina pasaba luciendo sus hermosos cuerpos con vestimenta super liviana. Yo observaba desde el asiento que Cecilia estaba en el interior de la ferretería frente al mostrador preguntando por algo al parecer muy importante, ya que el vendedor me observaba muy preocupado. A esa larga distancia noté que quería preguntarme algo, ya que miraba hacia la puerta apuntándome a mi y gesticulando. Yo de reojo comprendí que algo pasaba. Entré y entonces el vendedor que parecía ser el que llevaba más años detrás del mostrador, seguramente era un sexagenario, me preguntó lo mismo que le había preguntado a Cecilia. A la pregunta de Cecilia por la herramienta respondió, no tenemos machete cubano, pero tenemos esto, lo desenvainó y dijo, este no es un machete, tiene 68 cm, mas bien es parecido a un samurai y como hace mucho tiempo que no se ha vendido, vale solo $3.100 y tiene un filo muy especial. Yo levanté las manos acordándome que Cecilia dijo compraré algo muy cortante, necesario para trozar de un solo golpe las hojas leñosas de la parte baja de los ágaves. Yo queriendo hacer un chiste me puse manos arriba y le dije a Cecy en alemán, “nein, nein” (no, no). El vendedor introdujo el samurai inmediatamente en la vaina, luego la cerró, dando por concluido que yo por ningún motivo iba a aceptar esta insólita compra. Cecilia me miró y se puso a reír junto conmigo. Lo curioso es que ni Cecilia ni yo le dijimos al empleado que no íbamos a comprar el samurai. Él se quedó perplejo moviendo la cabeza y mirando a sus compañeros de trabajo insinuándoles que éramos unos clientes muy curiosos.
-Dada esta circunstancia yo le dije en voz baja, oye Cecilia, lo compramos o no lo compramos, ellos no entienden de bromas.
-No lo podemos comprar, no ves que ya lo guardó y además ese hombre seguramente está pensando, que sabio es este gringo que no se deja comprar un machete samurai a sus espaldas. Mira, se ha producido un silencio y el resto de los empleados dejaron de atender a los clientes y nos miran muy perplejos, ya que no saben la verdadera historia para la cual yo quería el machete o bien el samurai. Tú por hacerte el cómico has hecho este curioso y simpático show. Esta fue otra de las historias en la que hemos quedado riéndonos mucho rato y ahora no se verdaderamente donde ir a comprar el samurai, ya que cada vez que intentamos entrar a comprarlo los dos nos largamos a reír y sencillamente no nos resulta la compra. En todos los otros negocios el machete o este tipo de samurai vale dos veces más caro que el que descubrimos en la ferretería La Sierra. Lo peor es que ya pasamos el otro día por ahí y a mí me dio cierta vergüenza entrar a comprarlo, aunque es allí donde está más barato el samurai que no lo necesitamos para cortarle la cabeza a nadie, sino para cortarle las peligrosas puntas de las hojas de nuestros ágaves.

Conociendo esta historia un muy buen amigo de nosotros, Armando Fonseca, nos ofreció regalarnos el samurai que hacía muchos años atrás había comprado al parecer su esposa y que pendía en una de las paredes de su oficina como una espada de Damocles.

Las primeras especies de ágaves fueron comida predilecta para los prehistóricos herbívoros. Esta planta evolucionó y le aparecieron durezas en sus hojas acorazándolas, después en los extremos de cada hoja le surgió una excelente defensa, una larga y gruesa espina, la que la hacía parecer como una planta inexpugnable. Para que no le devoren su flor se defendió magistralmente. Y los ágaves se defendieron evolutivamente elevando su flor al cielo, conquistando toda la tierra, hasta los desiertos.

En estos momentos ya está reporteado por Cecilia y en camino a la imprenta una nueva historia con la formidable tríada de protagonistas, Plácido Domingo, Pablo Neruda y Raulito.

Nota:
Foto 1: 2007.03.26 Raúl Buholzer, ágave en Roca Oceánica.
Foto 2: 2003.04.10 Cecilia Doggenweiler, regando los ágaves en Quilpué.

jueves, 19 de julio de 2007

“Un gallo inglés le saca la cresta a un chileno”

Zoológico de Quilpué

Con Raúl salimos de Chile hace 30 años y ahora cada vez que volvemos con mucha razón nos suceden una serie de anécdotas que no le pasan normalmente a otras personas. Una de las razones, es que el largo e inexorable transcurrir del tiempo nos ha convertido en extranjeros en nuestra propia patria. Muchas de nuestras anécdotas están relacionadas en que el tono de nuestra voz no es el mismo que se está practicando en la actualidad en Chile, adquirimos un acento cuando estábamos en Chile y hemos obtenido otro por el largo contacto de años con los españoles y con los europeos. Es muy frecuente, cuando estamos de visita en Chile, que en las ventanillas de Informaciones, o en otros lugares, muchas veces nos digan, “¡ah, yo ya se, ustedes son colombianos ...” a lo que contestamos ofendidos, “nosotros somos más chilenos que los porotos” y los dejamos más metidos todavía. Notamos que no quedan nada de satisfechos con nuestra respuesta, para ellos por este acento que siempre nos acompaña, nosotros aparentemente sin el acento no somos para muchas personas realmente chilenos. Además ellos creen que los engañamos, ya que al mirarnos la vestimenta descubren que indudablemente no es ropa chilena.

Por no pasar por extranjeros nosotros no nos olvidamos de algunos de los dichos típicos chilenos y los tratamos de emplear a menudo.

Tuvimos una curiosa anécdota un día de verano del 2005 cuando fuimos al enorme y extenso Zoológico de Quilpué, único de la V Región. En este Zoológico ejemplar del país, afortunadamente se logran salvar algunas especies animales en peligro de extinción. En él se puede pasar una tarde entera sin terminar de recorrerlo totalmente, deben hacer pausas continuamente los jubilados y las personas que no están en buen estado físico, porque el cerro en el que está ubicado el Zoológico tiene muchas pendientes, felizmente hay asientos en todos los pasillos. Bajo la sombra acogedora de árboles de adorno y eucaliptos hay muchos agradables asientos. Hay numerosos árboles para renovar y purificar de olores el medio ambiente. Para nosotros resultó esta visita al Zoo super interesante, ya que vimos en abundancia los animales típicos de la zona norte de Chile, guanacos, llamas y las alpacas. Las alpacas son famosas en el mundo entero por su lana, que es la más fina y tupida de todos los animales de nuestro planeta. Ellas tienen, a nuestro criterio, el récord mundial de poseer la vestimenta más fina de la Tierra. Imparcialmente hablando tenemos también la planta con las hojas más grandes del mundo, la nalca. No hay en el mundo un árbol que de sus frutos a 60 metros de altura, como lo hace nuestra araucaria, este fruto se llama piñón.

En el Zoológico, hay muchos otros animales ya típicos conocidos como elefantes, cóndores, etcétera Nos llamó mucho la atención una enorme colección de cientos de parejas de aves de corral de diferentes países, una verdadera exposición. Estuvimos muy entretenidos paseándonos en este largo camino rodeado por ambos lados de jaulas. Casi al final de este pasillo de aves, después de una vuelta se encontraban uno junto al otro los últimos dos corrales con mallas de dos metros de alto y sin techo, donde se produjo una interesante situación que dio origen a esta anécdota. En una de estas jaulas se encontraba una pareja de un gallo inglés con su gallina inglesa también por supuesto (monógamos) y vecinos a ellos, separados por una reja, otro corral con aves típicas chilenas con un gallo cacique y por supuesto con una decena de gallinas en ese corral. Mientras observábamos esto vimos pasar el gallo inglés al recinto del gallo chileno y este pacífico gallo se vio obligado por estas circunstancias de invasión y el honor de ... a defender a sus hembras. ¡Se armó la rosca, dijo la mosca! Las diez gallinas tomaban palco.

Miramos para todos lados a ver si venía algún guardia del Zoológico a resolver el conflicto, pero brillaban por su ausencia. El fino y esbelto gallo de pelea inglés era experto no sólo en saltar la reja de su vecino, sino en saltar de un rincón al otro e írsele encima al enorme gallo chileno. Nuestro Arturo Godoy no se la pudo. Esto se empezó a poner sanguinolento y no podíamos meternos al corral, porque todo estaba por supuesto con sus puertas cerradas con llave. De repente la cosa se puso de color oscuro, ya que el gallo inglés se deleitó comiéndole un pedazo de la cresta al gallo chileno y esto motivó a que fuéramos a comunicarle a la Portería del Zoológico lo que estaba pasando. Llegamos a la Portería, donde conversaban plácidamente los tres guardias haciéndose bromas con la cajera que vendía las entradas. Interrumpimos la tranquila charla y con nuestro acento que llama la atención en todas partes le dijimos a los guardias: “allá atrás donde termina el camino, dando la vuelta, al lado del cerco límite del Zoológico hay dos gallos peleando”. Se miraron un poco asombrados sin hablar, nosotros seguimos dándole color al asunto, y le dijimos, “el gallo inglés le sacó la cresta al chileno” y se volvieron a mirar más asombrados todavía, ya que la clientela que había entrado antes que nosotros no les parecía compuesta por ningún inglés. En primera instancia creemos que pensaron en que eran dos personas las que se peleaban fuera del recinto del Zoológico, ya que en ese momento sólo nosotros éramos extranjeros para ellos. Sin embargo, esta afirmación de que un inglés le pueda sacar la cresta a un chileno, como que los dejó incrédulos. Entonces después de una serie de otras curiosas afirmaciones reaccionaron casi instantáneamente, uno de ellos cachó la onda y dirigiéndose a nosotros nos dijo, “¡Ah, ustedes están hablando del gallo del corral, del gallo inglés!” Acto seguido partió este guardia apresuradamente y corriendo a resolver el conflicto.

Luego de este interesante nuevo episodio lingüístico nosotros optamos por ir a ver otro sector del mismo Zoológico y cuando habíamos caminado unos veinte metros sentimos una risotada y nos dimos vuelta y vimos que la cajera con los otros dos guardias que se habían aguantado la risa hasta entonces, estaban gozando de lo lindo seguramente de nuestra forma de hablar, ya que estaban convencidos que hablábamos de una pelea de dos personas, porque usábamos la palabra gallo y nos habíamos olvidado que gallo es el sinónimo chileno también justamente de las personas buenas para la pelea. El 18 de septiembre todo el mundo habla de, estos gallos son buenos para la pelea y para los combos. La verdad es que si la cajera y los guardias gozaron con nuestra historia, nosotros estuvimos un largo rato apretándonos la guata y riéndonos también a carcajadas en uno de los asientos. Un rato después nos fuimos a comprar unos sándwiches al restaurante del Zoológico que estaba allí mismo y lo curioso es que no podíamos comer, nos mirábamos y nos reíamos a cada momento. Esto es realmente una vez más, tener que ser extranjero en su propia patria.

Muchas veces hemos tenido que decir para justificar nuestro analfabetismo de tono que venimos de po’allá, uno de Temuco y la otra de Puerto Montt. Se escucha normalmente, ¡ah, ya! Y de inmediato sale uno que habla de sus familiares en esas tierras y el otro que dice que vivió por allá o por acá muchos años y etcétera. Uno se refirió una vez a la caleta de Angelmó de Puerto Montt y otra persona en otra oportunidad nos dijo conocer el Cerro Ñielol de Temuco.

Nos viene muy al callo que ahora que estamos con un pié en el estribo, para volver a Chile, logremos hacer este seminario repasando los dichos y términos típicos chilenos para no caer de nuevo en los renuncios involuntarios de nuestro exquisito idioma. Ahora, con nuestra experiencia en el Zoológico, nos hemos recordado de cuando se deben usar correctamente las expresiones como por ejemplo, gallo, sacarle la cresta y justificar como guasos sureños nuestro analfabetismo de tono, entre otras cosas.

Curioso, mientras seguíamos visitando el Zoológico, el guardia que fue a separar a los gallos nos vino a dar las gracias porque había llegado en un momento muy preciso, al sitio de la pelea, para poderle salvar la vida al gallo chileno. Nos estuvo acompañando por el resto de nuestra estadía en el Zoológico, explicándonos con lujo de detalles lo que sucedía en todos los lugares que visitábamos. Incluso nos contó parte de sus trabajos anteriores. Nos convertimos, por la pelea de gallos, en visitantes muy importantes con un guía personal exclusivo, quien seguía muy intrigado por saber de dónde veníamos con ese acento tan especial.

Diciembre 2006, Raúl Buholzer M. y Cecilia Doggenweiler A.

Nota:
foto1: 2003.04.15 Raúl y Cecilia Doggenweiler en el Zoológico de Quilpué.

martes, 17 de julio de 2007

“Entrada triunfante de Cecilia Doggenweiler a la Tercera Edad”

Agasajo narrado por Raúl Buholzer M.

El viernes 22 de septiembre del 2006 Cecy ha cumplido sesenta años. Despertando le he deseado que tenga un feliz cumpleaños. A las seis de la mañana nos levantamos a tomar desayuno. A las 8 horas y 30 minutos ya estábamos en los trámites de boletería, a orillas del río Rin en Colonia, sacando los pasajes especiales de ida y vuelta. La acreditada empresa naviera alemana KD (Köln-Düsseldorf) le tenía reservada a Cecilia tres sorpresas por ser el día en que cumplía los 60 años y esto es en Alemania, como en todo el mundo, un cambio del estatus de vida de todas esas personas. Entre las tres sorpresas Cecilia quedó maravillada por una muy interesante y agradable; con esto ella se sintió ese día como la reina del Rin.

Filosóficamente yo soy un convencido de que cada una de las etapas de la vida son siempre más interesantes e importantes de vivirlas. Para el 95% de las personas el tener que trabajar obligatoriamente viene como una mala herencia desde la época de la esclavitud y nos liberamos de esta pesadilla solamente al momento de jubilar. Para el futuro la ciencia nos promete que existirá solamente un trabajo voluntario y este odioso trabajo obligatorio que hacemos ahora lo harán indudablemente los robots.

Aparte del día tradicional de celebración del cumpleaños de Cecilia, le he planificado que disfrute de una semana de bienvenida y de agasajos diarios, para que ella comprenda prácticamente que aquí en esta etapa se obtiene una nueva dimensión de la libertad. En esta etapa se goza de la vida más placenteramente disfrutando ahora de las propias economías acumuladas en el largo programa tradicional ya conocido, donde pacientemente durante los últimos 40 años, hemos dejado un importante tanto por ciento para nuestro disfrute de la jubilación. Los jubilados de todo el mundo somos como una hermandad que estamos unidos por esta misma dichosa causa de no tener que trabajar. Podemos tener vacaciones en cualquier momento y en cualquier lugar del mundo, ya no hay obligación de mantenerse en esta frontera o en la otra, ni en este Hemisferio, ni en el otro. ¡El nuevo mundo sin fronteras nos pertenece! ¡Los dineros sobrantes del cobre chileno debieran ayudar a las economías bajas de jubilación para que todos los jubilados puedan gozar de su merecida libertad de pertenecer al mundo sin fronteras!

La primera parte del programa de la semana de celebración, se cumplió íntegramente, lo tenía planificado desde hacía ya más de un mes. El primer día comprendió:
-primero, un viaje por todo el día sobre las aguas del Rin, recorriendo ochenta kilómetros por la rivera levante hacia el nacimiento de ida y por supuesto otros ochenta kilómetros de vuelta por la rivera poniente del mismo río en dirección hacia el mar.
-Segundo, se hizo tal como Cecilia lo había soñado al mirarlo desde la rivera meses antes cuando vio moverse majestuosamente al enorme barco catamarán Rhein Energie, el barco para eventos más nuevo y lujoso de toda Alemania con capacidad para 1.580 personas a bordo; famoso porque en él viajó el Papa Benedicto XVI y toda su comitiva el año pasado y ha servido también para eventos muy importantes con los políticos de Alemania y Europa.
-El día se completó con una tercera y emotiva situación en el gran comedor panorámico de proa, un pedido especial a la orquesta de a bordo de que le toquen a Cecilia, con acordeones, bandoneones y trompetas, comenzando con el Cumpleaños Feliz y además la conocidísima canción francesa Ceci-bon, seguida de la canción alemana ¡Oh, Cecilia!

El programa del día se cumplió íntegramente. Nos situamos en las primeras horas sobre la amplísima cubierta superior (1800 metros cuadrados), o sea, en una especie de azotea grandiosa que queda situada al aire libre sobre el tercer piso. Mientras el catamarán viajaba desde aquí pudimos observar: Bonn -la ex capital de Alemania, los restos históricos del puente por donde atravesaron este río los aliados, las playas ribereñas, las enormes industrias kilométricas petro químicas, así como los innumerables castillos medievales anclados sobre las riveras de este histórico y tradicional río Rin. El viaje de recorrido de vuelta a Colonia lo hicimos en los alfombrados salones comedores del interior del segundo piso del Rhein Energie, aquí la orquesta se nos acercó a la mesa a confirmar el programa y luego nos tocó lo que yo les había pedido para Cecilia, o sea, esas tres melodías antes mencionadas. Llegamos de regreso al puerto de Colonia alrededor de las 7 de la tarde.

Este fue un triunfante y hermoso viaje de sol a sol, que tuvo por objetivo darle la bienvenida a Cecilia a la “hermosa Tercera Edad”, donde ella justamente deja oficialmente de ser esclava obligada del trabajo, jubila y trabajará ahora solo voluntariamente. Su madre Olguita cuando me dio el consentimiento, me dijo, que era incansable y muy hacendosa y que ella no conocía y no conocerá nunca la palabra jubilación.
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Yo pensé que esta romántica forma de entrar en la Tercera Edad no puede quedar solo entre Raúl y yo, por lo tanto voy a agregar algunas impresiones personales antes de enviar este relato a nuestros parientes y amistades.

Cuando llegamos a casa mientras yo preparaba un plato de frutas picadas, Raúl se fue derecho a escribir al computador y cuado nos sentamos a la mesa él me entregó por escrito el relato del interesante viaje en barco, que él tituló “Entrada triunfante de Cecilia Doggenweiler a la Tercera Edad”.

Este día de mi cumpleaños fue excepcionalmente un día esplendoroso de sol, a pesar de que ya se marcaba por calendario el comienzo del otoño.

Yo estaba muy emocionada, veía todo esplendoroso. Les debo agregar que en el Rhein Energie el interior de los comedores es totalmente panorámico. Todas las paredes de este gigantesco navío están cubiertas de vidrios inmensos de cristales ligeramente inclinados para que no reflejen la luz del sol. La estabilidad de esa nave es asombrosa, no se movía en absoluto, ni tras el oleaje que dejaban los buques de carga al pasar.

Con Raúl comentamos a raíz que recién habíamos pasado el 18 de septiembre, que si este barco estuviese sobre el río Calle-Calle, en esta inmensa plataforma de la cubierta superior habrían bailado cueca fácilmente unas doscientas parejas simultáneamente y además viendo como en el Calle-Calle se está bañando la luna... ¿¡Cómo se sentirían de cachiporras los valdivianos si les mandáramos un barquito de estos!?

Nos faltan palabras para describir algunas de las delicias de navegar por el Rin festivamente. Esta es una experiencia que pudieron apreciar nuestros amigos, los que seguramente al leer este relato van a corroborar estas impresiones y probablemente van a pensar que cualquiera descripción es muy débil ante los encantos de esta apacible y romántica navegación. Así lo deben considerar: María Alicia Muñoz y su familia que estuvieron recién también en Colonia para el Mundial de Fútbol, anteriormente su padre Hernán Muñoz, mis hijos, Silvana y Hermann Schink, Christian Bussenius y Renate, además nuestro amigo Américo Fontana peregrino real y virtual.

Al terminar el día viernes 22 Raúl me dice, ¿qué te ha parecido este viaje en barco como regalo de cumpleaños? Yo le dije que fue un agasajo incomparable a ningún otro y lo llené de besos. Nunca pensé que iba a entrar a la Tercera Edad en forma tan romántica e hipnotizadora. Le agradezco a Raúl este súper regalo del inolvidable viaje en el barco para eventos más moderno.

Si veinte años no es nada ... como dice el tango, yo puedo agregar que cuando se vive en el positivismo sesenta años se pasan volando.

Nota:
foto 1: 2006.09.22 Cecilia Doggenweiler y Raúl Buholzer- Catamarán río Rhin

“El Expreso Oriente, ayer con enigmas y hoy lleno de felicidad”

08.09.2006
Anécdota narrada por Cecilia Doggenweiler A.

El miércoles en la noche le avisé a Raulito por teléfono que me disponía a ir a Dortmund el jueves muy temprano. Al día siguiente amanecí con una ciática que me tenía totalmente invalidada para caminar, por lo que ese día jueves de madrugada fui al médico, quien me sometió a un tratamiento muy completo. Ese mismo jueves después del mediodía llamé otra vez por teléfono a Raúl para decirle que no notaba mejoría y que mejor viniera él a Colonia a acompañarme. Tomó su librito con el horario de los trenes y me dice cuál tren tomará al día siguiente y a qué hora llegará a Colonia. El viernes a primera hora lo llamé a casa por teléfono para confirmar su viaje.

Al llegar a la casa en Colonia Raúl me pregunta, si antes que me viniese la ciática había escrito ya la habitual historia de la semana, yo le contesté que de los cinco temas comenzados todavía no decidía cuál terminar. Él me contó que en esta hora y algo más de viaje desde Dortmund a Colonia, le habían acontecido un par de anécdotas que no son muy habituales, con varios protagonistas: una eufórica pareja, una conductora, un conductor, un vagón privado del tren, 3 Mosqueteros, una docena de botellas vacías de cerveza y otras por vaciar. Le dije, cuéntame de inmediato cómo fue eso y Raúl se largó a relatarme su odisea.

“Salí con mi equipaje, mi porta documentos y un bolso con ropas. Me fui en un taxi hasta la estación de Dortmund. Llegué casi justo a la hora en que partía el tren expreso EC 101 de las 9,38 de la mañana, que venía del Oriente, en el que yo había decidido viajar a Colonia. El funcionario que vende los boletos me dijo que en cuatro minutos mas partía el tren en el andén 11, por lo que me fui muy rápidamente con el pasaje en la mano. Cuando llegué al andén 11, la conductora del tren estaba con un disco rojo en la mano haciéndole señas para dar la partida al maquinista. Le pregunté dos veces si viajaba el tren a Colonia y ella concentrada en su disco rojo no pudo contestarme, sólo me dijo, -más tarde-. Me subí sin hacer más preguntas al tren y me di cuenta que era un coche super elegante y nuevo y que decía primera, de todas maneras allí mismo me senté, ya que el tren iba partiendo. El asiento que tomé estaba frente a una pareja de alemanes, ella de unos 40 y él de alrededor de 50. Nos miramos sonrientes haciéndonos una venia a modo de presentación. Minutos después de la partida él le hace unos cariños en la cabeza, luego le levanta la blusa y le hace cariño a ella en la guatita, se agacha y le da un cariñoso beso en esa región. Yo busco la ventana para mirar a otro lado y por este motivo él entra en explicaciones muy contento -el que va a nacer va a ser nuestro primer hijo y ahora estamos celebrando el acontecimiento, porque en tres meses mas ya no podremos viajar.- Yo les doy mis congratulaciones. Minutos después pasa la conductora y yo levanto la cabeza, con el boleto en la mano le pregunto de nuevo, si el tren va a Colonia. Contesta ella, -naturalmente, pero su boleto es de segunda y aquí estamos en primera clase-. Yo le quise preguntar eso al subirme y usted no me contestó. -Ah, es que estábamos en el momento de la partida-. Yo le expliqué mostrándole el bastón que no podía cambiarme todavía al coche de segunda con el tren en marcha, lo haré cuando el tren esté parado en la estación. En aquel momento intervinieron mis vecinos que andaban paseando a la guagua antes de nacer y conversan con la conductora y yo como de costumbre con mis oídos sin los audífonos que me recetó el médico no pesqué ni pito de lo que decían. Se va la conductora sin decirme a mi ninguna otra cosa”.

“En la estación de Essen decidí trasladarme a un par de coches más adelante, porque los que venían colindantes eran también de primera. Entonces mejor me bajé del tren. Encontré a la bonita conductora en el andén de nuevo con el disco rojo y me dice, -¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?- Ella indica con su mano el mismo coche de primera del que me había bajado. Y le digo que me tiene que esperar que yo me suba de nuevo al tren indicándole que me voy al coche de segunda. Avanzo por el andén y veo que después de terminar los coches de primera viene un coche de otro color bien distinto. Me subo a éste rápidamente sin mirar que llevaba en su puerta un aviso y veo que éste estaba totalmente lleno, en forma inhabitual estaban todos los portamaletas ocupados y en los pasillos también había algunas maletas. Entro al carro, voy pasando por ese pasillo estrecho y me doy cuenta que todos los pasajeros de ese coche actuaban como si se conocieran, me miraban y nadie me decía que había subido en un coche equivocado. Recorrí y recorrí y me admiré de que en todo el coche vinieran unidades de cuatro asientos, dos por un lado y otros dos al frente, con una mesita al centro. Casi al final del coche encontré un único asiento desocupado. Me senté ahí sin pedir permiso ni cosa por el estilo y noté que los tres pasajeros que traían unas sendas botellas de cerveza en la mesita, me hacen una venia de bienvenida. Las paré que era un coche especial y que yo venía allí como un pollo en corral ajeno. Por decirles algo a mis compañeros de mesa les conté “en mi buen alemán”, que la conductora del coche de primera quería que le pagara extra y por eso yo me trasladé para acá. Yo estoy seguro que ellos entendieron que yo no quería pagar el pasaje y como llevaban el coche pagado entero para la delegación creyeron que podían hacerme esta buena gauchada de llevarme de pavo. Entonces ellos dijeron, casi en coro, -ni un problema- y me ofrecieron una cerveza, a lo que yo les dije que no muchas gracias, que recién había tomado un remedio. Noté que los vecinos y las vecinas se habían interesado en mi historia y asentían con su cabeza a los 3 Mosqueteros por su actuación benévola. Minutitos después apareció el conductor de ese coche, va directamente a mí a preguntarme por el pasaje y se meten los tres amigos a decir que yo soy un invitado de ellos. El conductor, que me había visto subir, como que no les creyó y como yo ya tenía mi pasaje marcado por la conductora del coche anterior no me daba ni frío, ni calor todo este asunto, por lo que no hice ostentación de buscar mi pasaje. Cada vez que pasaba el conductor éste me miraba fijamente y ellos le contestaban casi al unísono, -todo en orden-, levantando su botella de cerveza diciendo, -¡salud!- y además su actitud solidaria producía un efecto conspirador en todo el resto del carro.”

“Cuando tú me llamaste por el celular preguntándome, -¿vas sentado al lado de alguien que habla español?- yo te dije, no, no, no. Como me miraban atentamente mientras yo hablaba en español contigo y estábamos en mucha confianza con el trío, yo les dije, me llamaba por teléfono mi señora, control, control. Por hacer una gracia cómica les agregué que ella me ha preguntado, por el celular, si iba sentada alguna mujer a mi lado, por eso yo le dije que no, no, no. Y de paso les conté que ya voy a cumplir 80 años. Saqué de mí porta documentos el último número de la revista española “Muy interesante” que llevaba abierta y seguí leyendo un artículo que había dejado inconcluso. Mientras leía alcancé a decirle a mis tres vecinos que la lectura de esta revista era muy interesante y les conté algo de un artículo, mostrándole que en una parte se afirmaba que el 50% de los trabajadores españoles en la celebración del día de la empresa y en la fiesta de Navidad tenían alguna relación sexual con sus colegas. Tú me volviste a llamar 15 minutos después, para saber con cuánto atraso venía el tren, porque según la hora acordada tendría que haber llegado ya a Colonia. A raíz de este llamado ellos me dijeron, -control, control- y los tres se echaron la botella de cerveza a la boca y brindaron celebrando que ellos no tenían ningún control de esta naturaleza. Y volvieron a ofrecerme una cerveza pensando que con ésta me ayudaban a liberarme del control, control.”

“Antes de llegar a la estación de Colonia cerré la revista y veo que ellos mirando la tapa se quedan perplejos, empinando de nuevo el codo y diciendo, -¡salud!- En este número del mes de agosto del 2006 aparece en la portada una linda y simpática niña echándose un plátano a la boca en forma insinuadora, con el título de EROTISMO, lo que no es de la línea de esta revista que es muy seria. Guardé la revista en mi porta documentos y les deseé buen viaje. Los tres amigos lamentaron que yo me bajara tan pronto. Ellos me contestaron en coro, haciéndome gestos de despedida, -¡Qué le vaya muy bien!”-

“Al momento de pararme para bajarme en Colonia me doy cuenta que nadie mas de ese coche se bajaba en esta estación, lo que no es habitual, entonces saqué cuentas que realmente venía como huésped en un coche que no me correspondía y antes de llegar a la estación me pasé al coche vecino donde se bajaban otras personas. Una vez fuera del tren observé ahora con más calma que cuando subí, que en el carro en que había viajado había un letrero que decía, coche privado.”

Nota de la redacción:
Estoy convencida que Raúl tenía pagada la diferencia para venirse en primera clase por el matrimonio que celebraba la llegada de su primer hijo. De ahí que la conductora insistiera en el andén de Essen en que Raúl se volviera a subir al mismo coche en que venía.

Yo creo que D’Artagnan y sus dos amigos se portaron del uno, no permitiendo que el conductor, a pesar de su insistencia hiciera mostrar a Raúl su pasaje, quien lo mantenía muy embolsicado y cuya existencia ignoraban los 3 Mosqueteros.
Yo pienso que los tres amigos se quedaron perplejos de lo choro de este personaje que hablaba español y que se atrevía a llevar como muy natural, sin ocultar, una revista con una portada sexo insinuante.

Y con la venida del doctor Raulito y su sabrosa historia, de dos muletas con las que debía andar pasé a usar solamente una y lo hacía sólo por precaución.

Y me vino a mi memoria activa el recuerdo de la canción, ¡La felicidad Ah! Ah! Ah! Ah!


Nota:
Foto 1: Raúl viajando en tren.

“De tahúres, policías, cabañas y cinturones”

Febrero 2006
Camino de Lo Orozco
Anécdota relatada por Cecilia Doggenweiler A.

1.-Prefacio
Como en aquella conocida y antigua leyenda “Las mil y una noches”, para mantener a Raúl siempre en contacto con la sana alegría de vivir acompañado ya sea de la sonrisa, de la risa, o quizás también de unas risotadas, estoy obligada a sacar del baúl de los recuerdos y narrar una anécdota optimista cada semana, ya que tanto él como yo estamos encadenados voluntariamente al positivismo.

2.-Narración
En aquellos meses de verano en que viajamos a Chile logramos disponer de un auto, andábamos orgullosos de tener esas alas, con las que podíamos movilizarnos a nuestras anchas.

La historia comienza una vez que veníamos de vuelta de Santiago, después de haber ido y vuelto unas cinco veces. Nos habían contado que un gran amigo, al que no veíamos hace como 20 años, se había comprado una parcela en el camino de Lo Orozco, cerca de la iglesia de Lo Vásquez, que está en la regia autopista que une a Santiago con Valparaíso. Cada viaje que hacíamos en auto a la capital nos preguntábamos dónde estará exactamente esa parcela de nuestro amigo.

Cuando indagamos en la iglesia de Lo Vásquez, el curita nos dijo, “ese señor que ustedes buscan, por el apellido, debe ser el que tiene unas cabañas en el camino de Lo Orozco, que sale desde aquí mismo y va a Viña, y ésas están ubicadas a unos 2 kilómetros más adelante de un pequeño puente, pasado este puente primero encontrarán un par de negocios que hay instalados a la orilla del camino. Pero para llegar a las cabañas hay que salirse del camino y entrar por un portón pasado esos negocios y no se cómo explicarles más exactamente, porque no hay ningún letrero señalizando”. Guiados por esa indicación, cada vez que pasábamos por ahí mirando, sucedía que, o íbamos apurados a Santiago, o veníamos a la costa muy tarde y cansados. Pero un buen día que regresábamos temprano a Quilpué, a eso de las 3 de la tarde, dijimos, ahora tenemos tiempo para pasar a saludar a Fuchslocher.

Raúl me dice, “disminuye la velocidad Cecilia, tenemos que ir mirando lo que nos dijo el curita, que podemos fácilmente pasarnos, ya que sorpresivamente puede aparecer el portón de la entrada”. Dicho y hecho, atravesamos el puentecito, apareció el portón del primero de los negocios y tuve que girar abruptamente a la derecha. Felizmente el portón estaba abierto y me encontré con un amplio patio, giré hacia la derecha para dejar el auto bajo la sombra de unos frondosos árboles, frené sin darme cuenta frente a frente a una mesa alrededor de la cual se sentaban seis hombres.

Las cosas se sucedían con tal rapidez que Raúl se olvidó que para ir descansado viajaba con el cinturón del pantalón desabrochado. Frente a la susodicha mesa yo le dije, “pregúntales a ellos mismos sobre las cabañas de Fuchslocher”. Notamos que los seis hombres tenían la vista fija en nosotros, que estábamos a escasos 3 metros de ellos. Raúl entreabre la puerta del auto, da un paso afuera y se le caen los pantalones hasta los tobillos, afortunadamente la puerta hacía el papel de un biombo. Raúl abre más la puerta como si corriéramos la cortina de un escenario y las miradas de las personas se dirigen hacia un grueso cinturón de suela, que daba la impresión de que Raúl portaba pistolas por lado y lado. Se trata de que el cinturón que él usa para la hernia inguinal es igual al cinturón usado en el Oeste para llevar los pistolones. Uno de los jugadores cubre de inmediato con sus manos los billetes que están al centro de la mesa y los demás ocultan cuidadosamente sus naipes. Raúl, con su voz que más bien suena como la un agente policial español, pregunta de un viaje sin siquiera saludar, “¿conocen a Fuchslocher?” No queriendo denunciarlo nadie dice nada, pero apuntando con el dedo le dicen que le pregunte a otras dos personas que atendían el negocito un poco más adentro. Los hombres guardan un silencio absoluto. Raúl cierra un poco la puerta del auto y se sube cuidadosamente los pantalones.

Mientras yo permanecí en el auto como cuidando al grupo mafioso que permanecía absolutamente inmóvil en torno a la mesa, Raúl se fue solo y le preguntó de lejos en voz alta con su acento no muy usual por esos lados a los que estaban en el mesón, si sabían dónde estaban las cabañas de Fuchslocher. Los seis jugadores clandestinos habían suspendido sus actividades convencidos seguramente de que tanto Raúl como yo pertenecíamos al Comando Policial Anti-Droga y Juegos Delictivos. Nadie se movía, solo escuchaban lo que hablaba Raúl en voz alta con los dueños del boliche. Una de estas dos personas que atendían el negocio, preguntándonos si íbamos para la costa, nos informó detalladamente a viva voz, que teníamos que seguir en el auto alrededor de un kilómetro más adelante y entrar por otro portón, que según las indicaciones que nos daba resultaba más recóndito aún que por el que habíamos entrado. El otro joven que estaba en el mesón nos aseguró que Fuchslocher no estaba precisamente ese día ahí en sus cabañas, que se había ido a Santiago a hacer trámites y nos agregó que de todas maneras podíamos ir, porque siempre había otra persona que lo reemplazaba.

Todo parecía indicar que éramos dos policías que buscábamos al dueño de las cabañas por algo de mucho apuro. En ese momento a uno de los tahúres, por algún detalle y
razonando con más calma, se le iluminó la ampolleta y descubrió que existía una segunda hipótesis, descartando que éramos policías. Era la suposición del más joven de los seis jugadores y que parecía cabecilla del grupo y entonces éste entrando en confianza se atrevió a hablar y dirigiéndose a Raúl, sonriendo y con una picardía reflejada en la cara y acompañado de una sonrisa de complicidad disimulada dibujada en la cara de los otros cinco, le dijo: “¡ahí no mas caballero, vaya en el auto a la laguna que está ahí a la vueltecita!”

Raúl entra al auto y me dice, “como los juegos del naipe apostando dinero están aquí muy prohibidos, ahora recién se les terminó el miedo a los jugadores. Mira como sacaron a relucir sus cartas, ya cacharon la onda de que no somos policías y que simplemente yo busco desesperadamente las cabañas para otra cosa...”

Aguantando el deseo de reírnos echamos a andar el auto, salimos al camino, seguimos viaje y por todo lo anecdótico del asunto, yo que ya no podía manejar riéndome, tuve que detener el auto a orillas del lago un largo rato para reírnos...

3.-Cierre
Posteriormente hicimos unos 20 viajes a Santiago y en los restantes, después de esta anécdota, cada vez que pasamos por este bienaventurado lugar nos miramos con Raúl y sin decirnos una palabra no aguantamos la risa y nos preguntamos, ¿Hasta cuándo el pasar por este lugar nos producirá el placer que da el encanto maravilloso de la risa? Fue tan solo una anécdota de unos 10 minutos que nos ha hecho reír una infinidad de veces, que sumadas cada vez que pasamos por ahí o recordamos esta anécdota son probablemente muchas horas de sana y saludable risa.

Nota:
Foto 1: 2006 Camino Lo Orozco.

Foto 2: 2007 Laguna camino Lo Orozco.

“Todas para uno y uno para todas”

Septiembre del 2005

Protagonistas principales: Raúl y quien escribe Cecilia.

Era un domingo y nos disponíamos los dos a viajar de Dortmund a Colonia, íbamos cargados con unos bolsos a tomar el Metro para combinar en la Estación Central con el tren a Colonia. Raúl tenía alergia a la escalera de bajada que conduce al Metro, ya había reclamado varias veces, porque la persona que hacía el aseo dejaba el tubo pasamanos con grasas y esto lo indignaba. Ese día íbamos muy apurados, la escalera mecánica solo funcionaba para subir y no trabajaba el ascensor. Raúl empieza a bajar la larga escalera regañando, ya que debía ir bajando afirmándose con una mano del pasamanos de la escalera mientras la otra mano la llevaba ocupada con su equipaje. En la mitad de la mentada escalera se produce la caída de Raulito (76) por estar super aceitado el pasamanos. Rueda 3 peldaños, le duele la pierna y la rodilla como caballo y por esto el viaje a Colonia se posterga. Pasan varios días y la hinchazón a la canilla no desaparece, muy por el contrario aumenta.

Nos dirigimos a la Clínica de Accidentes, donde trabajan 2 médicos y media docena de enfermeras. El médico lo atendió muy bien por ser muy amigo, además, de su cardiólogo el Dr. Herzkönig Golling. Lo sometió a un tratamiento de ultrasonido aplicado a la canilla, tuvo que ir diariamente durante 2 semanas a la Clínica y como la hinchazón no cedió, entonces el especialista decidió someterlo a una operación. Le extrajo una gran cantidad de sangre allí detenida (más de ½ litro), más de la que el médico había extraído alguna vez, según nos dijo era su nuevo récord.

Con esto de ir todos los días a tratamiento hicimos muy buenas migas con las enfermeras y con el cirujano, Dr. Kölnischwasser. Un día Raúl me habla muy fuerte en español y una de las enfermeras, Heike, lo mira muy enojado y murmura cosas contra el machismo. Yo quise salvar la situación explicándole algo sobre su paciente. En ese momento se acercaron otras 3 enfermeras y se quedaron escuchando impertérritas la historia de que Raulito, era un hombre que venía seguramente de algún extraño planeta, ya que me escuchaban perplejas de que él cocinaba, lavaba y tendía la ropa, planchaba, hacía el aseo y hasta colocaba botones y zurcía los calcetines. Se enteraban de esta historia muy atentamente y no podían salir de su asombro, dado que ellas sabían que veníamos de Latinoamérica, donde reina el machismo. Entonces una de las enfermeras muy jovencita y simpática, Juliane, me dijo, ¿no me lo arrienda por unos días? Raúl quiso intervenir y yo busqué otra conversación, porque las demás enfermeras también querían de seguro pedírmelo prestado. Claro que el tono era de una sana broma, pero quién sabe qué podría haber pasado, ya que Raulito miraba perplejo que tantas mujeres lo solicitaran...

Después de mirarse las auxiliares entre ellas, Raúl como queriendo cachiporrearse me dice al oído en español, me acuerdo de la profunda consigna filosófica de los Tres Mosqueteros, “TODAS PARA UNO Y UNO PARA TODAS”. Y yo solté la risa delante de las enfermeras y comprendí que esta era también una buena nueva anécdota que había que escribir.

Moraleja:
No alabes demasiado a tu hombre delante de ...
No cuentes los secretos conyugales y las virtudes de ..., ya que vas a tener que cuidarlo más de lo habitual. Después de esto yo tuve que acompañarlo y cuidarlo permanentemente cuando fue a las curaciones finales.
¡¡¡No soy celosa, pero sí super cuidadosa!!!

Nota:
foto 1: 20040810 Raúl en la sala de exposición del Westfallenpark.

“De cómo el marido de la viuda resucita”

Dortmund, 14.07.2006

Como hacemos habitualmente casi todas las semanas, fuimos al cementerio en Dortmund nuevamente a dejar flores, a regar las plantas y a limpiar la sepultura familiar de los Buholzer.

Era pleno verano y para no salir a la hora de intenso calor, nos fuimos muy temprano con Raúl caminando las 10 cuadras y llevamos una regadera. Él se fue con un gorro blanco, con una camisa blanca que le llegaba hasta las rodillas y que había dejado fuera del pantalón liviano también de color claro.

Posteriormente a esta anécdota que relataré más abajo, obtuvimos información detallada del otro protagonista de esta historia, Johannes.

Johannes, de 65 años, hizo esta misma madrugada una visita al cementerio para regar las plantas de la sepultura de un amigo, a pedido de la viuda del amigo, llevando varios implementos, entre ellos mochila, rastrillo y dos regaderas. El cementerio a esa hora todavía era poco concurrido, estaba casi como que penaban las ánimas. Mientras arreglábamos la sepultura de Martita vimos pasar a Johannes con las dos regaderas vacías rumbo a la pileta. La sepultura de Martita queda prácticamente al lado de la pileta central del sector. Mientras Johannes se encargaba de llenar las regaderas, Raúl salió a dar una vuelta a los alrededores haciendo un plan para traer una banca que estaba en las cercanías inmediatas y colocarla frente a la sepultura familiar.

Caminando Raúl por un estrecho pasillo con sepulturas a ambos lados, a pocos metros de donde yo estaba regando, le aconteció aquí el hecho anecdótico insólito. De repente ve Raúl que viene este hombre agachado mirando al suelo portando sus dos regaderas ahora llenas de agua. Raúl haciendo una atención, para que Johannes pase con sus regaderas, se subió rápidamente a una sepultura. El hombre de las regaderas cree que Raúl sobre la sepultura de su amigo y totalmente vestido de blanco es su amigo que se levanta de la ultratumba y pega un enorme grito, soltando las regaderas. Ante ese grito Raúl se asusta tanto como él y le dice, apuntando en la dirección a la sepultura donde estaba yo, “yo soy de allí” (“ich bin von dort”). Pero donde Raúl apuntaba había otra sepultura y Raúl quería indicar detrás de ésa, donde estaba yo parada. Después que Raúl dijo eso el hombre se puso más pálido todavía. Johannes se comenzó a calmar y a comprender que Raúl no era el fantasma de su amigo; pidió disculpas diciendo que Raúl se parecía mucho a su amigo que había fallecido no hace mucho tiempo. Johannes quiso arreglar su situación de miedo insostenible y pasó a conversarnos y a contarnos algo de la historia de su amigo fallecido y de su amiga. Curiosamente la viuda le había pedido ese mismo día muy temprano que él fuera a regar las plantas de la sepultura de su marido y nosotros, como buenos chilenitos, concluimos en que el hombre o era un vecino de mucha confianza o ... Esta es la vida ingenua de muchos alemanes.

Después que Johannes se fue nos reímos a carcajadas y nos acordamos de la canción: levántate hombre flojo, sale a pesca-ar, sale a pesca-ar, ...

Nota:
foto 1: Edificio departamentos de Yenny y Raúl, en Dortmund.
Foto 2: 2005.09.03 Raúl y Yenny Buholzer - Sepultura familiar Cementerio Dortmund.

lunes, 16 de julio de 2007

“Extranjero en su propia patria”

Personaje principal Raúl, Cecilia y otros.

Transcribo esta historia que me contó Raúl, de la primera vez que viajamos separados a la capital: Cecilia Doggenweiler A.

El día martes 6 de diciembre del 2005 Raulito viajó solo desde Quilpué a Santiago para juntarse conmigo, ya que yo me había ido sola un par de días antes a la capital. Ambos haríamos un par de diligencias en ésa.

Pues muy bien, Raulito debía viajar desde El Sol a Santiago. Esto lo habíamos planificado antes que me fuera de Quilpué. Ese día despertó a las 7 de la mañana, se arregló, se vistió muy rápidamente, se puso un gorro muy pintoresco y la revolvió un rato antes de salir.

Mientras él se preparaba comienzan a llegar como 30 trabajadores de los que estaban haciendo el túnel para una pasada peatonal frente a la casa, más un montón de maquinarias. Esto pone algo nervioso a Raulito y titubea en viajar. Habla por teléfono conmigo a las 8 y me dice, “no voy a Santiago, he pensado que hay muchas complicaciones” y yo le contesté “¿qué complicaciones puede haber en algo tan sencillo; ir a Quilpué, en esta ciudad tomar el bus que va a la capital, en Santiago tomar el Metro y juntarnos en el centro de la Metrópolis a las 12 del día?” “No, mejor no voy, con toda esta gente aquí al frente decididamente me quedo”.
Me llamó de nuevo por teléfono y me dice, “que cómo? ¡Que bli que bla!”
A las 9 de la mañana otro llamado (* # ¡! >) y me dice, “a pesar de todos los inconvenientes he decidido finalmente viajar”.

Posteriormente me cuenta toda la odisea de su viaje, esta vez sin mi compañía. Me dijo, “Atravesé el túnel lleno de gente trabajadora que me saludaban como si me conocieran, es porque me veían en el patio mientras trabajaban todos los días. Me sentí muy inflado como si fuera un auténtico candidato político”.

Y me siguió contando.

“Al otro lado del túnel tomé el taxi colectivo para ir a Quilpué, le pasé al chofer un billete de 2.000 pesos y éste me preguntó ¿no tiene sencillo?”
Le respondí “¿cuánto es?”
El taxista me dijo, “250 pesos”.
Me busqué monedas y se las di finalmente, mientras murmurando le digo, “un tercio de euro ¡que barato!” El chofer cree que lo estoy encontrando caro y empieza a discursearme sobre el alza de la bencina y los etcéteras,...”

Y Raúl me siguió diciendo.

“En Quilpué continuó mi desambientación con el tercer problema. Una vez que hube llegado a la cola de la boletería pedí pasaje para Santiago. Me preguntan – “¿ida y vuelta?” “Ida no mas”, le contesté. “¿Creo que mi mujer tiene aquí un descuento?” Pregunta que el boletero no entendió y yo le dije, “démelo así no mas”. “Pagué con 5.000 pesos y me quedé muy contento que me dieran 2.000 pesos de vuelto. Ahí me di cuenta de que el pasaje a Santiago era muy barato, si lo reducía a euros (4 euros y algo). Me fui leyendo el diario con las noticias de lo que hacía el Intendente Guastavino y no noté casi la hora y media de camino hasta llegar a la parada Los Pajaritos”.

Raúl continúa.

“Al bajarme del bus en esta estación del Metro me enfrenté a un problema no calculado, no tenía tarjeta para viajar en el Metro, ya que Cecilia usaba una sola tarjeta para los dos y por supuesto ésta andaba en su cartera. Me puse en la cola de la boletería y al llegar a enfrentarme a la ventanilla le entregué 5.000 pesos al empleado sin decirle nada. El empleado me quedó mirando y esperando que yo hablara y le dije: “deme un ticket”.
El empleado me dijo algo así como “¿con cuánto le cargo?”
Yo le respondo: “me dirijo al centro”.
El joven que vendía pasajes en la ventanilla del lado me miró y ambos quedaron sumidos en una especie de profunda incógnita, ya que no me entendían qué es lo que yo pretendía.
El empleado que me atendía queriendo ayudarme y salir del paso me pregunta: “¿usted habla inglés?”
Le dije, “no, yo soy chileno” y le agregué, “deme el ticket completo”.
Mirándome fijo me dijo, “se la voy a cargar completa. ¡No hay vuelto, ¿eh?!”
Yo tomé la tarjeta y por suerte me dieron además una boleta que saltó de la máquina automáticamente. Al leer la boleta comprendí que la tarjeta plástica valía 1.000 pesos y que la habían cargado con los 4.000 pesos restantes para viajar seguramente varias veces en el Metro”.

“La cola de toda la gente que venía conmigo en el bus se había hecho larga frente a esta ventanilla y al mirarlos noté que movían la cabeza como diciendo, ¿de dónde será este pájaro? El boletero quedó contento, porque yo leía en español la tarjeta y de todas maneras me contestó en inglés, “Good by!”

Y le pregunté a Raúl ¿Así terminó la historia?

“No, yo seguí meditando solo como se podía interpretar todo este lío que me había pasado y concluí. Que el boletero pensó en un momento que yo era un turista inglés. Después, que seguramente yo podría ser un campesino de esos guasos con dinero que nunca han ido a Santiago a andar en el Metro. Y creo que después estaba muy contento, porque se dio cuenta que yo leía el recibo y él movía la cabeza afirmativamente como que yo había entendido y entonces creo que pensó que yo no era un viejo con Alzheimer, sino que efectivamente era un guaso sureño. Creo que éstas han sido sus especulaciones por el acento de mi voz y por no tener la más remota idea de cómo se viaja en Metro. Eso me pasó por haber andado todo este tiempo apegado a que la Cecy hiciera todas estas operaciones”.

Agradecimientos de Raúl a Cecilia

Estas 25 historias las he hecho junto con Cecilia Doggenweiler Aeta, en un compromiso de hacerlas para que nuestros familiares y amigos sepan las experiencias adquiridas tanto por mí, como por Cecilia en sus respectivos hábitat de Dortmund y Colonia. Por supuesto que Colonia, la ciudad donde vive Cecilia, viene de la época de los romanos y tiene mucho más historias interesantes que las de Dortmund. Está en nuestra carpeta escribir sobre algunas historias vividas separadamente en cada una de estas típicas ciudades. Algo ya les hemos entregado al escribir sobre el fantástico carnaval internacional que significó el último Campeonato Mundial de Fútbol. Para cada una de estas grandes ciudades de Alemania fue una invasión de entusiasmo de miles de disfrazados de casi todos los puntos de la Tierra. Fuimos vuestros periodistas, les enviamos algunas fotografías. Cecilia me fotografió muchísimas veces, pero una vez lo hizo con tanto acierto que esa foto seguramente recorrió el mundo, ya que me encontraba bailando zamba con el grupo de bailarinas oficiales del Brasil y en medio de la calle principal de Dortmund.

Cecilia ha participado conmigo en una gran parte de las historias, en otras me ha reporteado admirablemente bien. Le estoy muy agradecido. Le he pedido una foto donde esté ella en su ciudad. Esta hermosa foto que aparece aquí junto a estas líneas, está tomada en el bello Jardín Botánico de Colonia.

Raúl Buholzer M.
Dortmund
16 de julio del 2007

Nota:
Foto 1: 2004.08.25 Cecilia en el Jardín Botánico, en Colonia.